domingo, 14 de octubre de 2012

... Robadas

En mi mente llueve. No como una llovizna pasajera sino más como un diluvio eterno, incansable, caprichoso. Me envuelve. Me abrasa. Tal vez, sean sólo las caricias de a veces, los gestos de siempre, los que me hacen sentido ahora. Pero he perdido el título de esta entrada, de la sangre oscura que viene por siempre a manchar el blanco inmaculado del papel. Perdí una o cinco palabras. Perdí el espíritu y descripción. ¿Qué queda? Queda todo absorto en lluvia, en diluvio.
Cada día me siento un poco más muda. Cada día digo... no digo nada. Busco oreja  y ojos nuevos. Busco la lengua de las nubes, mis amigas, a quienes hace mucho no consulto. Hace mucho que no escucho su mudo lenguaje. Cada vez lo entiendo menos. 
Ayer mi corazón se acercó un poco más a las nubes, su sustancial inconsistencia cambió de forma y vislumbré, por un instante, la hermosura del éter, tan sencilla, volátil. 
Ayer floté y sentí que nada ni nadie podía afectarme... bueno, nadie no. Sí hay alguien: Él. Él es el dueño de mí tanto como puede serlo. Me tiene en sus manos y me lee lo mismo que a un libro, sólo que aún no sabe descifrarme. No. No lo ha hecho y espero que sea porque no sabe cómo. 
A veces me pregunto qué pasaría si yo perdiera la voz, si nadie me escuchara y por mucho tiempo siguiera así; me pregunto si me desacostumbraría a hablar, a callar lo que pienso, lo que reflejan las nubes pasajeras. Como aquélla, a la izquierda del roble. Ella que se derrite, que se evapora. 

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