domingo, 29 de enero de 2012

Del Odio al Amor No Hay Ningún Paso


      Es conocimiento común el hecho de que los opuestos habitan este mundo en una relación harmónica y uniforme. Nadie duda que todo lo que nace debe morir o que cada noche sucede al día. Es lógico pensar que esta correlación es una de las grandes fuerzas que mantienen a la realidad tal y como la conocemos. Y, si seguimos esta lógica, lo mismo se aplica a las relaciones sociales y a los sentimientos. Uno no puede amar algo sin sentir una fuerza opuesta de disgusto (u odio) hacia lo mismo que le inspira amor.
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, estipuló que la personalidad del hombre está compuesta por tres elementos: el yo, el superyó y el ello. El yo es la parte consciente de una persona, es la que actua y la que responde a estímulos en el presente mientras que el superyó y el ello son menos evidentes y son los que, en última instancia, causan que una persona se comporte de un modo u otro.
El superyó es inculcado por las personas que educan a un niño. Está conformado por reglas estrictas de comportamiento. Éstas reglas están tan profundamente anidadas en nosotros que dificilmente podemos desobedecerlas sin sentir profunda culpa y el mismo superyó se encarga de juzgar las acciones tanto del yo como del ello dándonos una buena carga de remordimientos.
El ello, por otro lado, es la parte instintiva de una persona. Se dice que esta parte viene incluída desde que nacemos y provoca las acciones más violentas y menos meditadas. Es el completo opuesto del superyó y está siendo regulado y juzgado por el yo y el superyó respectivamente. El ello es la misma naturaleza del edonismo: busca el placer instantáneo y repele el dolor.
La combinación de estos tres elementos es la que forma la personalidad de una persona. Uno siempre está entre lo desalmado y lo rígido, intentando regular las acciones para no caer en ningún extremo. El hombre es en sí mismo, estructuras mentales opuestas.
Como en la teoría de la personalidad según Freud, las teorías postfreudianas de Melanie Klein también hablan de opuestos al describir la naturaleza del amor.
Melanie Klein fue la primera en concebir al amor como algo más que la simple necesidad de satisfacer deseos eróticos.
“El surgimiento del amor consciente estaba relacionado con nuestro remordimiento hacia el odio destructivo, es decir, una vez que nos damos cuenta de cúan violentos somos en el interior con aquellos que amamos, también advertimos cúan necesaria es la preocupación por cuidar las relaciones que valoramos.” (Frager and Fadiman)
Todos hemos sentido esa repulsión repentina por alguien a quien amamos y, avergonzados, nos hemos arrepentido de pensar o hacer cosas que perjudiquen a esa persona. Esto es lo que propicia más la consideración hacia esos seres queridos. Pero no sólo la culpa es el motor de cualquier relación amorosa, sino que también existe el sentimiento de dependencia hacia otras personas.
Como es bien conocido, el ser humano es un ser sociable y necesita de contacto con seres de su misma especie para sobrevivir y desarrollarse adecuadamente. Esto nos crea una dependencia leve o alta (dependiendo de la persona en cuestión) de aceptación social y de alejamiento con respecto a la soledad y otros sentimientos profundamente negativos que podrían acabar con nuestra salud mental.
Pero, por otro lado, el ser humano tiene la necesidad de sentirse un ser individual y original. No podría soportar la idea de que es igual a medio millón de seres con ideas, físico y creencias parecidas. Estas necesidades contrarias
demuestran que los opuestos son necesarios y complementarios en la vida de los hombres.
Como mencionó Erich Fromm en su libro El Arte de Amar: “Se volvería loco [el hombre] si no pudiera liberarse de su prisión y extender la mano para unirse, en una u otra forma con los demás hombres, con el mundo exterior.” Fromm dice que si el hombre no consigue deshacerse de su propio estado de separación, siente que el propio mundo, el hecho de no poder controlar muchos aspectos de su propia vida y su entorno, sofocan al hombre y que si no logra separarse de ése estado de separatividad, se sentiría asfixiado y se aislaría de la realidad.
Una persona no puede evitar sentir una mezcla de ambos sentimientos: el del amor hacia una persona que nos retiene de volvernos locos de soledad y el repudio por ser tan parecido a nosotros (el hecho de ser humano, de tener compatibilidad con nuestros pensamientos y nuestra personalidad) y contradecir nuestra sensación de originalidad.
También, nos es difícil aceptar que las personas hacen cierto tipo de acciones o piensan de cierto modo completamente opuesto al nuestro o que puede resultarnos dañino. Este conocimiento nos puede causar repudio y disgusto. Pero el sentimiento de aprecio, culpa por sentir nuestra originalidad amenazada por esa persona y la necesidad de tener un vínculo con el mundo para no sentir que nos asfixia hacen que tener relaciones amorosas (ya sean fraternales, eróticos o a Dios) sea algo completamente obligatorio para mantener una vida sana.
Para concluir, es congruente agregar que la mezcla de lo positivo y lo negativo forma lo que uno reconoce como un todo. No existiría bien sin mal como no existiría el odio sin el amor. El punto es tener un equilibrio entre ambos para tener una relación sana con otras personas y con nuestros propios pensamientos. ¿O acaso tú podrías afirmar sentir sólo sentimientos positivos hacia alguna persona?



Obras Citadas y Consultadas

Frager, Robert and James Fadiman. Teorías de la Personalidad. segunda edición. Alfaomega-Oxford, 2001.
Fromm, Erich. El Arte de Amar. Trans. Noemi Rosenblatt. Paidós, 1983.
Real Academia Española. Diccionario de la lengua Española. 25 1 2012 .





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