jueves, 21 de agosto de 2014

Grietas de luz

"Lune
Qui là-haut s'embrume
Avant
Que le jour ne vienne 
Entends 
Rugir le coeur 
de la bête humaine."
- Notre Dame de Paris (Lune)




Sucede que uno se encuentra
mirando el techo en la madrugada
buscando en la pasta rugosa, amorfa
una respuesta, una palabra, una caricia
o, a veces, sólo una certeza.

Sucede que uno se encuentra
tendido en la cama en la madrugada
escuchando en el silencio quién sabe qué cosa
añorando unos  brazos, una piel cálida
escuchando el amor, esbozando una sonrisa
que, en brazos, en silencio, alimenta el alma.

Sucede que uno se encuentra
de ojos abiertos en la madrugada
viendo no el techo, sino la ventana
e imaginando que, lejana, la Luna
nos hace compañía en esta fría velada
que no es de piedra, muerta, sino amiga
y que con susurros de viento nos cobija.

Y a veces sucede que uno no se encuentra
bajo el sol y con ojos entreabiertos mira
las calles, la multitud, la sonrisa
que acartonada cubre, maldita, acongojada
las huellas de esa verdad de techo, perdida
que se nos pega de ojos abiertos, en la cama
cuando todo lo vemos lejos, desde una ventana
y uno se siente feliz, y se ríe con una risa tan desolada. 

Y sucede que esa certeza, esa añoranza, esa velada
se difuminan, se evaporan, al nacer un nuevo día
como si la luz del Sol, necesaria, no alumbrara
no calentara, no aliviara siendo madre, criadora
y sólo ensanchara la negrura, sombras de mediodía
rutinaria copia de la copia de la copia de la copia
que sólo al morir, cuando llega la tarde fría
inhalara un aire nuevo, se volviera auténtica
y en esas noches de divina, maldita, vigilia
brindara somnoliento alivio al dolor de una
realidad rota, profundamente destartalada.



lunes, 26 de mayo de 2014

Guárdame en un beso



"Sin prevenciones me doy vuelta y siguen 
aquellos dos a la izquierda del roble
eternos y escondidos en la lluvia
diciéndose quién sabe qué silencios."
-Mario Benedetti (A la izquierda del roble)






Guárdame en un beso.
Respírame profundo
como si cada gota
de mi ser
fuese vida etérea.

Tus dedos como hojas
acarician mis silencios
y entre mis labios cerrados
se cuelan los recuerdos

Nos escuchamos los dos
sentados sobre el pasto
apoyados en un árbol
que cobija nuestros pasos
y nos cubre, solitario,
del viento, el sol y los años,

Somos frágiles como el tiempo,
como una rosa en verano
y tan pronto como nos amamos
el amor se cuela entre los labios
sólo deja entre los dos
ese perfume de un viento desolado

Guárdame en un beso, amor
que el frío me besa los pasos.
Respírame profundo
porque estamos aquí,
bajo el mismo árbol
y en un suspiro,
la vida etérea se nos cuela
como el aliento entre mis labios.

lunes, 14 de abril de 2014

El principio del fin

Él la vio. Estaba sentada al otro lado del salón. El cabello caía sobre sus hombros en un flujo cas imposible de cascadas castañas. Se veía preciosa como siempre, como nunca. Ella sonrió de repente para sí, disimuladamente; miraba distraídamente hacia adelante, con las pupilas posadas sobre las letras negras en el pizarrón blanco, con la mente en algún lugar de sueños inalcanzables y lejanos.

Ella miraba el horizonte, inalcanzable y lejano. Tan preciosa como siempre, como nunca. Una lágrima nació en su ojo derecho, como el Sol en el cielo y ella la dejó caer para sí, disimuladamente. Su mirada descansaba en el cielo, pero él sabía que su mente estaba más allá del horizonte. La vio por un instante, tan cercana, tan lejos. Su cabello corto volaba con el viento, como queriendo huir y desprenderse del mundo.

Él quiso acercarse. No sabía cómo ni con qué pretexto, pero quería hablarle. Hacía tiempo que la observaba desde el otro lado del salón mientras ella, furtivamente, le devolvía la mirada. Se sentía acariciada por esos ojos, acompañada. Poco a poco los ojos danzaron con más frecuencia entre ambos lados del salón. A veces, ella sonreía para él, y él comprendía la broma secreta y le sonreía de vuelta. Compartían un secreto frente a todos, un lazo que se iba haciendo más fuerte con cada mirada.

Ella se acercó. Su fuero interno le gritaba que tenía que hablarle, pero no sabía cómo. Hacía tiempo que desviaba la mirada cuando sus ojos se encontraban con los de él. Se sentía acosada por esos ojos, abandonada. Poco a poco ambos dejaron de verse, a pesar de encontrarse lado a lado en la habitación. A veces él soltaba un suspiro lleno de llanto y ella lo miraba bajar los ojos como queriendo fundirse con la tierra bajo sus pies. Eran presa del silencio entre la multitud, un abismo que crecía furtivamente con cada mirada desolada.

Él llegó junto a ella, hecho un manojo de nervios. Habían comenzado a hablar todos los días y esa era la primera vez que salían juntos. Llevaba consigo una rosa roja y deseos de abrazarla. Ella lo esperaba en una banca del parque, buscándolo con la sonrisa. Al verlo, sus ojos se iluminaron y se movió un poco hacia la derecha para dejarle lugar. Él simplemente se sentó, ofreciendo la rosa torpemente. Ella la tomó entre sus dedos, la olió y sonriendo lo abrazó con fuerza.

Ella lo abrazó con fuerza. Mientras él simplemente permanecía sentado, helado. Ella se hizo un poco hacia la derecha para dejarle lugar. Lo tenía entre sus brazos, apretándolo contra sí con toda la fuerza de la que era capaz. Sentía cómo se escurría entre sus dedos, como la lluvia que se deslizaba desde sus ojos. Supo de repente que, por más que lo intentara retener, no podría evitar que se desintegrara en sus brazos, insustancial. Lo había perdido. Cerró los ojos.

Él cerró los ojos. Estaban juntos entre el pasto húmedo. El sol cálido acaricia su piel, mientras que el viento despeinaba su cabello, el de ella, y lo convertía en hojas que caían al revés. No evitó sonreír y mirarla con intensidad. Si sólo ella supiera lo que sentía al verla, tan hermosa y dulce. Ella notó su mirada y le sonrió mientras arrancaba un diente de león que crecía cerca. Sopló y todas las pequeñas partes se dispersaron en el aire, flotando como barcos en el cielo azul.

El cielo azul, tan hermoso, se alzaba sobre ellos. Era inalcanzable, inalterable. Sólo anunciaba el principio del fin.

"Es el principio del fin." Él pensó. "Desde hoy, mi vida será mejor, junto a ella."

"Junto a él... No me siente, aunque estoy junto a él. ¿Cuándo dejamos de amarnos? ¿Qué debería hacer ahora?"

"¿Qué debería hacer ahora?" Él despejó todas sus dudas. Sólo había una cosa por hacer.

"Sólo hay una cosa más por hacer." Ella despejó todas las dudas que antes habían revoloteado en su cabeza. Abrió los ojos y suavemente tomó la cabeza de él entre sus manos.

Él tomó la cabeza de ella cabeza entre sus manos, temiendo que fuese a apartarse.

Ella temió que él fuese a apartarse, pero en lugar de eso, él la miró directo a los ojos, tratando de decir lo que las palabras no pueden formular.

Él intentó hablar, pero no podía formular palabras. Ella lo miraba directamente a los ojos, con una intensidad arrolladora. Se acercó más...

Se acercó más...

Sus labios se tocaron en ese instante. Era un beso cálido, como si fuese el primero y el último. Ambas vidas habían cambiado para siempre.

Él la miró, sonriente y ella le devolvió la sonrisa. Se abrazaron fuertemente mientras él susurraba en su oído: Te amo.

Ella lo miró, con una sonrisa triste y él le devolvió la sonrisa, cubierta de lágrimas discretas. Se abrazaron fuertemente mientras ella susurraba en su oído: Adiós.

jueves, 3 de abril de 2014

Caminando por Stockton

“La plenitud, la reunión, que es reposo y dicha, concordancia con el mundo, nos espera al final del laberinto de la soledad.”
Octavio Paz. El laberinto de la soledad





La existencia irrita, desmenuza,
se frota, como una lija en mis nervios,
toca mi sensibilidad al terror de la tarde.
A veces, quisiera, quiero, quería
Desprenderme de ese dolor fútil, inútil,
tomar mi par de ojos al alba y borrarlos del mundo,
sostener la vida no con mis hombros,
sino con la fuerza de mi espíritu.

¿Quién nos curará
de esta verdad fría, abrasadora?
¿Quién vendrá desde el límite mundano que nos divide,
que nos aterra,
que nos da esperanza tibia, como brazos
tentándonos una y otra vez, 
levándonos al vacío colorido y
brillante de la existencia,
nuestra libertad bajo palabra?

Sorpréndete, ven.
Desmenúzate en un golpe de lirio,
Apuñálame con un cuchillo verde,
en la calle,
mientras gritas la soledad por los ojos,
la muerte mundana
carne, espectro,
piensa tus pasos infinitos para salir de Stockton
para ir adelante, adelante,
siempre hacia delante.

jueves, 20 de marzo de 2014

Al final



















Así es como los perdedores se van: en silencio y sin molestar a nadie.

domingo, 16 de febrero de 2014

Un Silencio Triple

Volvía a ser de noche. En la Posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.
El silencio más obvio era una clama hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque sólo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con sus conversaciones y sus risas, y con el barullo y tintineos propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, por eso persistía el silencio.
En l a Posada Roca de Guía un par de hombre, apiñados en extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.
El tercer silencio no era fácil de reconocer. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el calor de un fuego que llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de pie, sacándole brillo a una superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara. 
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas. 
La posada de Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte. 


- Patrick Rothfuss
El Nombre del Viento


jueves, 9 de enero de 2014

Tus pasiones invocadas

Te invoco desde mi mundo,
certeza oculta, escondite
a plena vista, secreto
que me afirma que tú,
que nosotros solos


sólo somos, sin más,
una última, única, unión
entre este espacio
de deseos destilados,
intrascendentes, y 
otro océano oscilante:


destino, destrucción,
pasión, prisión poderosa.
Me maldice, mostrando
dos dolores destruídos, dos
visiones brillantes;
prometen poderes
lejanos, lazos, latidos,
sentido, sensualidad, sabor,


aquello que me da un propósito
un motivo por el cual me aferro
insistentemente a una vida vana,
fugaz como un instante,
como el aleteo de las alas
de una mariposa de cristal infinito.


Entre penumbras, tu boca me llama,
penumbra
Tus labios como hojas,
tu dulce pecho amargo 
lleno de despecho y vacío
Tú eres fuego explosivo
arrebato que me arranca,
me condena
pasión ardiente y helada, creencia
de que la exuberancia, el calor,
la selva febril, las cascadas
Todo existe porque mi corazón 
te piensa con esa fertilidad
mi pecho suda ríos que se unen
al mar que es tu cuerpo, imaginario,
y corres tras de mí, espejismo,
en este que es santuario a tu recuerdo.


Temo, escondo mi razón para que no arda
entre los vestigios de mi ser, tuyo
Presiento la tormenta, el huracán 
que traerá mi destrucción
mi caja de cerillos que se incendia
envuelta en llamas de deseo infinito.

Aparto de mi mente una certeza
que firmó mi sentencia de muerte
en el momento mismo en que 
tus ojos y los míos se encontraron
por vez primera, por vez última


Te invoco y sé, no de cierto,
pero supongo, que me perteneces
tanto como que encontrarnos fue
desde el inicio de mis inicios, 
nuestro destino.