Él la vio. Estaba sentada al otro lado del salón. El cabello caía sobre sus hombros en un flujo cas imposible de cascadas castañas. Se veía preciosa como siempre, como nunca. Ella sonrió de repente para sí, disimuladamente; miraba distraídamente hacia adelante, con las pupilas posadas sobre las letras negras en el pizarrón blanco, con la mente en algún lugar de sueños inalcanzables y lejanos.
Ella miraba el horizonte, inalcanzable y lejano. Tan preciosa como siempre, como nunca. Una lágrima nació en su ojo derecho, como el Sol en el cielo y ella la dejó caer para sí, disimuladamente. Su mirada descansaba en el cielo, pero él sabía que su mente estaba más allá del horizonte. La vio por un instante, tan cercana, tan lejos. Su cabello corto volaba con el viento, como queriendo huir y desprenderse del mundo.
Él quiso acercarse. No sabía cómo ni con qué pretexto, pero quería hablarle. Hacía tiempo que la observaba desde el otro lado del salón mientras ella, furtivamente, le devolvía la mirada. Se sentía acariciada por esos ojos, acompañada. Poco a poco los ojos danzaron con más frecuencia entre ambos lados del salón. A veces, ella sonreía para él, y él comprendía la broma secreta y le sonreía de vuelta. Compartían un secreto frente a todos, un lazo que se iba haciendo más fuerte con cada mirada.
Ella se acercó. Su fuero interno le gritaba que tenía que hablarle, pero no sabía cómo. Hacía tiempo que desviaba la mirada cuando sus ojos se encontraban con los de él. Se sentía acosada por esos ojos, abandonada. Poco a poco ambos dejaron de verse, a pesar de encontrarse lado a lado en la habitación. A veces él soltaba un suspiro lleno de llanto y ella lo miraba bajar los ojos como queriendo fundirse con la tierra bajo sus pies. Eran presa del silencio entre la multitud, un abismo que crecía furtivamente con cada mirada desolada.
Él llegó junto a ella, hecho un manojo de nervios. Habían comenzado a hablar todos los días y esa era la primera vez que salían juntos. Llevaba consigo una rosa roja y deseos de abrazarla. Ella lo esperaba en una banca del parque, buscándolo con la sonrisa. Al verlo, sus ojos se iluminaron y se movió un poco hacia la derecha para dejarle lugar. Él simplemente se sentó, ofreciendo la rosa torpemente. Ella la tomó entre sus dedos, la olió y sonriendo lo abrazó con fuerza.
Ella lo abrazó con fuerza. Mientras él simplemente permanecía sentado, helado. Ella se hizo un poco hacia la derecha para dejarle lugar. Lo tenía entre sus brazos, apretándolo contra sí con toda la fuerza de la que era capaz. Sentía cómo se escurría entre sus dedos, como la lluvia que se deslizaba desde sus ojos. Supo de repente que, por más que lo intentara retener, no podría evitar que se desintegrara en sus brazos, insustancial. Lo había perdido. Cerró los ojos.
Él cerró los ojos. Estaban juntos entre el pasto húmedo. El sol cálido acaricia su piel, mientras que el viento despeinaba su cabello, el de ella, y lo convertía en hojas que caían al revés. No evitó sonreír y mirarla con intensidad. Si sólo ella supiera lo que sentía al verla, tan hermosa y dulce. Ella notó su mirada y le sonrió mientras arrancaba un diente de león que crecía cerca. Sopló y todas las pequeñas partes se dispersaron en el aire, flotando como barcos en el cielo azul.
El cielo azul, tan hermoso, se alzaba sobre ellos. Era inalcanzable, inalterable. Sólo anunciaba el principio del fin.
"Es el principio del fin." Él pensó. "Desde hoy, mi vida será mejor, junto a ella."
"Junto a él... No me siente, aunque estoy junto a él. ¿Cuándo dejamos de amarnos? ¿Qué debería hacer ahora?"
"¿Qué debería hacer ahora?" Él despejó todas sus dudas. Sólo había una cosa por hacer.
"Sólo hay una cosa más por hacer." Ella despejó todas las dudas que antes habían revoloteado en su cabeza. Abrió los ojos y suavemente tomó la cabeza de él entre sus manos.
Él tomó la cabeza de ella cabeza entre sus manos, temiendo que fuese a apartarse.
Ella temió que él fuese a apartarse, pero en lugar de eso, él la miró directo a los ojos, tratando de decir lo que las palabras no pueden formular.
Él intentó hablar, pero no podía formular palabras. Ella lo miraba directamente a los ojos, con una intensidad arrolladora. Se acercó más...
Se acercó más...
Sus labios se tocaron en ese instante. Era un beso cálido, como si fuese el primero y el último. Ambas vidas habían cambiado para siempre.
Él la miró, sonriente y ella le devolvió la sonrisa. Se abrazaron fuertemente mientras él susurraba en su oído: Te amo.
Ella lo miró, con una sonrisa triste y él le devolvió la sonrisa, cubierta de lágrimas discretas. Se abrazaron fuertemente mientras ella susurraba en su oído: Adiós.
lunes, 14 de abril de 2014
jueves, 3 de abril de 2014
Caminando por Stockton
“La plenitud, la reunión, que es reposo y dicha, concordancia con el mundo, nos espera al final del laberinto de la soledad.”
Octavio Paz. El laberinto de la soledad
La existencia irrita, desmenuza,
se frota, como una lija en mis nervios,
toca mi sensibilidad al terror de la
tarde.
A veces, quisiera, quiero, quería
Desprenderme de ese dolor fútil, inútil,
tomar mi par de ojos al alba y borrarlos
del mundo,
sostener la vida no con mis hombros,
sino con la fuerza de mi espíritu.
¿Quién nos curará
de esta verdad fría, abrasadora?
¿Quién vendrá desde el límite mundano
que nos divide,
que nos aterra,
que nos da esperanza tibia, como brazos
tentándonos una y otra vez,
levándonos al vacío colorido y
brillante de la existencia,
nuestra libertad bajo palabra?
Sorpréndete, ven.
Desmenúzate en un golpe de lirio,
Apuñálame con un cuchillo verde,
en la calle,
mientras gritas la soledad por los ojos,
la muerte mundana
carne, espectro,
piensa tus pasos infinitos para salir de
Stockton
para ir adelante, adelante,
siempre hacia delante.
jueves, 20 de marzo de 2014
domingo, 16 de febrero de 2014
Un Silencio Triple
Volvía a ser de noche. En la Posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.
El silencio más obvio era una clama hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque sólo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con sus conversaciones y sus risas, y con el barullo y tintineos propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, por eso persistía el silencio.
En l a Posada Roca de Guía un par de hombre, apiñados en extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.
El tercer silencio no era fácil de reconocer. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el calor de un fuego que llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de pie, sacándole brillo a una superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara.
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.
La posada de Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.
El silencio más obvio era una clama hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque sólo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con sus conversaciones y sus risas, y con el barullo y tintineos propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, por eso persistía el silencio.
En l a Posada Roca de Guía un par de hombre, apiñados en extremo de la barra, bebían con tranquila determinación, evitando las discusiones serias sobre noticias perturbadoras. Su presencia añadía otro silencio, pequeño y sombrío, al otro silencio, hueco y mayor. Era una especie de aleación, un contrapunto.
El tercer silencio no era fácil de reconocer. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en el suelo de madera y en los bastos y astillados barriles que había detrás de la barra. Estaba en el peso de la chimenea de piedra negra, que conservaba el calor de un fuego que llevaba mucho rato apagado. Estaba en el lento ir y venir de un trapo de hilo blanco que frotaba el veteado de la barra. Y estaba en las manos del hombre allí de pie, sacándole brillo a una superficie de caoba que ya brillaba bajo la luz de la lámpara.
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.
La posada de Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.
- Patrick Rothfuss
El Nombre del Viento
jueves, 9 de enero de 2014
Tus pasiones invocadas
Te invoco desde
mi mundo,
certeza oculta,
escondite
a plena vista,
secreto
que me afirma
que tú,
que nosotros
solos
sólo somos, sin más,
una última,
única, unión
entre este
espacio
de deseos
destilados,
intrascendentes,
y
otro océano
oscilante:
destino, destrucción,
pasión, prisión
poderosa.
Me maldice,
mostrando
dos dolores
destruídos, dos
visiones
brillantes;
prometen poderes
lejanos, lazos,
latidos,
sentido,
sensualidad, sabor,
aquello que me da un propósito
un motivo por
el cual me aferro
insistentemente
a una vida vana,
fugaz como un
instante,
como el aleteo
de las alas
de una mariposa
de cristal infinito.
Entre penumbras, tu boca me llama,
penumbra
Tus labios como
hojas,
tu dulce pecho
amargo
lleno de
despecho y vacío
Tú eres fuego
explosivo
arrebato que me
arranca,
me condena
pasión ardiente
y helada, creencia
de que la
exuberancia, el calor,
la selva
febril, las cascadas
Todo existe
porque mi corazón
te piensa con
esa fertilidad
mi pecho suda
ríos que se unen
al mar que es
tu cuerpo, imaginario,
y corres tras
de mí, espejismo,
en este que es
santuario a tu recuerdo.
Temo, escondo mi razón para que no arda
entre los
vestigios de mi ser, tuyo
Presiento la
tormenta, el huracán
que traerá mi
destrucción
mi caja de
cerillos que se incendia
envuelta en
llamas de deseo infinito.
Aparto de mi
mente una certeza
que firmó mi
sentencia de muerte
en el momento
mismo en que
tus ojos y los
míos se encontraron
por vez
primera, por vez última
Te invoco y sé, no de cierto,
pero supongo,
que me perteneces
tanto como que
encontrarnos fue
desde el inicio
de mis inicios,
nuestro
destino.
domingo, 15 de diciembre de 2013
De lo lejano y lo cercano
"What can I hold you with?
I offer you that kernel of myself that I have saved,somehow --the central heart that deals notin words, traffics not with dreams, and isuntouched by time, by joy, by adversities.I offer you explanations of yourself, theories aboutyourself, authentic and surprising news ofyourself.I can give you my loneliness, my darkness, thehunger of my heart; I am trying to bribe youwith uncertainty, with danger, with defeat."-Jorge Luis Borges (1934)
Todo comienza así, cuando la distancia entre nosotros se reduce, cuando nos sentimos atraídos al otro por la simpatía y el saber al otro capaz de romper la barrera meramente literal que nos rodea. Las risas, el llanto, las conversaciones; todo eso acorta la distancia, nos hace más cercanos unos de otros y nos da una probada de lo que el otro es, de sus defectos, sus virtudes, sus fijaciones, sus sueños. Pero no es el hecho de que la persona sea gentil, arrogante, desee un futuro brillante o haya vivido tiempos difíciles lo que hace verdaderamente interesante y cálido el acercamiento. Es el hecho mismo de tener la oportunidad de descubrir dichos defectos, sueños y virtudes, lo que vale la pena, lo que nos hace creer que no estamos tan solos después de todo. Las cercanías, sin importar su naturaleza, nos hacen crecer y conocer el mundo de un modo u otro.
El inicio es hermoso, sin duda alguna. Todo es nuevo. Todo es brillante. Sin embargo, también existen distancias que se transforman en lejanías profundas y oscuras. Lejanías que son frío y soledad.
Un día simplemente llegan y comienzan a hacer agujeros en el alma. Llegan en silencio, cobijadas por la luz cálida de la cercanía, se acercan sigilosamente y comienzan a incendiarlo todo. Para cuando uno se da cuenta, poco o nada queda por hacerse para detener el terrible paso que marcan las lejanías.
Mi vida es corta al igual que lo son mis penas. No podría decirse que soy una persona que ha sufrido hambre ni falta de dinero o de sueño, pero lo que sí se puede decir es que he conocido lejanías tan atroces que parece que todo es un abismo profundo y negro. He visto a las lejanías hacerse paso entre risas y recuerdos brillantes y corroerlo todo, ahogando mi fuego y arrojándome al olvido.
Grandes lejanías he visto venir y llevárselo todo. Todas distintas y feroces. Algunas más lentas, otras más brutales, pero al final todas terminaron del mismo modo: dejando hoyos que si bien poco a poco parecen menos profundos y dejan de doler, siguen dejando cicatriz y recuerdos imperecederos que calan y dibujan sonrisas.
Hay veces, veces, veces, en las que un aire distinto me estremece por dentro y entonces viene el miedo, el temor a las lejanías y la voz que susurra en mi oído: Ya vienen; se acercan. Es en ese momento en que quisiera creer en la inexistencia del frió, en que el tiempo avanza hacia atrás y que no es tarde, sino temprano. Sin embargo la voz vuelve desde los abismos de ácido y oscuridad eterna y susurra, con una voz inexpresiva y fría que es tarde, que siempre ha sido tarde. Y es entonces cuando sé que las lejanías llegaron y están trabajando como el pintor, ese del cuento, sólo que en lugar de ponerle color al gris eterno, le ponen gris al color eterno. Se siente en los gestos simples, en las palabras muertas mucho antes de concebidas, en las lágrimas vivas que bajan y se arrojan al vacío, en el frío que se aprisiona poco a poco de mi cuerpo hasta que ni el agua más caliente puede acabar con él.
De repente las cosas simples, las sonrisas, las conversaciones, el tacto, se vuelven cruciales en la lucha contra las lejanías. Cada minuto desperdiciado es un minuto que se quema. Cada palabra no dicha es un mundo, cada beso, abrazo, son promesas que vuelan como las hojas en el viento de otoño. Y es la vida, las circunstancias, las que parecen tener un papel decisivo sobre el destino de la guerra. Aunque he de admitir que en todos estos años, en todas estás cercanías, ni una sola vez he saboreado el aire de la victoria.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Poeta en las sombras
Las letras de la sombra
no se pueden borrar
viven en mi penumbra
y no hacen más que susurrar
en mis oídos de piedra
salen en mi respirar.
Los versos en la sombra
se escriben en mis ojos sin variar
se enroscan como la hiedra
y crecen sin vacilar
tienen tres cabezas como la hidra
que nadie puede cortar.
Soy poeta en la sombra
mi alma escribe versos sin par
no hay labios en mi tundra
que los pueda pronunciar
sólo hay manos de piedra
que no puedo alcanzar
mis versos nacen para la sombra
y a la luz no pueden entrar.
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