Vivo
la vida
soñando
en
mundos
sin sueños...
"Un día las personas llegan a tu vida, de un modo u otro y un día también se esfumarán de ella."
Es un pensamiento real, de situaciones reales, pero hay gente que, aunque se aleja y se aleja del umbral del entendimiento y se sumerge en la incertidumbre, en la sensación propia de lo desconocido, no deja de ser parte esencial de uno. No importa cómo cambie o en qué se convierte, la esencia nunca cambia.
Eso es lo que un número 2 piensa. Eso es también lo que lo hace estar tan convencido de que aunque pase el tiempo y su confidente, un número 3, cambie de trazo o de tinta, un tres siempre será un tres. No importa la distancia o el tiempo que pasen separados. No importa si el tres, ocupado y ligeramente perdido, desaparece de a ratos. No hay forma de que deje de ser el mismo tres que nació junto con el dos (tal vez un mes antes). A pesar de que los años pasan y las cosas van cambiando, no hay modo de que un 3 no esté al lado de un 2.
No hay modo de que un 3 se vuelva un extraño anónimo e inexistente en la vida de un 2.
No hay modo de que un 2 deje de querer a un 3.
Feliz cumpleaños, querido número, querido amigo, querido ser humano, querido Drei.
Once a nightingale leaves the tender arms of the breaking sun, one may think it yearns for the morning star to arise again from the ashes of the day, but even if it stops singing and flies away, one can be sure of its delight and longing for the day and it can easily be confounded for the seeking of its own self.
No one, not even the moon, confident of the nightingale's secret pain and sweet dreams may be sure, for none of them speaks the same language in which the bird talks. But the letters on a nightingale's chest run wild through the breath and get under the dreams of rocks and clouds, speaking of love and beauty, whispering about its beloved sun, asking if he is to come again to her. It wonders if the sun yearns and dreams and laughs and cries. The star, so distant, so warm, so far.
Caminando sobre un risco encontré un centeno.
Brillaba, cálido a la luz de la inocencia.
El centeno dorado bailaba con aires de alegría veraniega,
se inclinaba ante el risco el centeno dulce e inocente.
Ignorantes del peligro, los niños entre el centeno jugaban a cacharse,
ignorantes del risco, jugaban en el centeno.
El fin del centeno era invisible para almas tan tiernas
sin saberlo, se balanceaban en la orilla.
Cada vez más cerca del fin,
cada vez menos brillantes.
El guardían entre el centeno los miraba, sombrío,
sus palabras no eran más que un eco confuso y perdido
envejecido, solo
el guardían entre el centeno gritaba,
corrió hasta la orilla, la orilla del centeno
pero sus manos atemporales, subjetivas
no pudieron detener a los niños que caen
y el guardían sigue ahí,
a orillas de un risco, el risco de un centeno.
Porque eso es el verdadero terror: el límite entre lo que tu mente puede comprender y el umbral de lo que existe.
Y es cuando te ves arrinconado, sin posibilidad alguna de vencer la inseguridad, el miedo, cuando te pierdes a ti mismo en la ceguera del juicio, cuando te conviertes en una víctima del más puro terror.
Terror es cuando te levantas un día por la mañana y no reconoces a la persona que te mira desde el espejo.