Poco a poco el velo de mis ojos se evaporó. Me encontré a mí misma de bruces. Alcé la vista, intentando enfocar el único punto luminoso de la habitación. Ante mis ojos estaba ese lienzo: seleccionado como favorito hacía tanto tiempo. El color se hacía cada vez más borroso; la oscuridad de la estancia lo ocultaba tras manchas negras de tinta.
El pintor se fue hace mucho tiempo. Se había ido incluso cuando aún se paraba junto a mí y pronunciaba palabras ininteligibles a mi oído. Sí, él se fue hace mucho. Sólo dejó esa pintura: monumento decadente de su recuerdo, vestigio agonizante y perdido. Las tinturas, con ese gris que casi desmejoraba un universo magnífico y colorido, se habían vuelto dolorosamente opacas con el tiempo.
En algún punto ya no corría con ansias a observar cada pincelada, sus versos ya no me hacían ilusiones, sus estrofas dejaron de estremecerme. Ahora, me era desconocido, casi indiferente. Noté como mis ojos se volvían a cubrir de un manto borroso; esta vez eran lágrimas. Lloré silenciosamente frente a esa pintura mientras creía verlo, a mi antiguo pintor, desapareciendo entre las grietas más profundas y me pregunté a mí misma: ¿qué nos queda después del olvido?
viernes, 14 de junio de 2013
La Ola y la Sombra
¡Un hombre al mar!
¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente.
El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído: la nave, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas.
Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece. Allí estaba él: hacía un momento, formaba parte de la tripulación, iba y venía por el puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero¿qué ha sucedido? Resbaló; cayó. Todo ha terminado.
Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay nada más que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arrastran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios de oscuridad; una vegetación desconocida le sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad juega con su agonía. Parece que el agua se ha convertido en odio.
Pero lucha todavía.
Trata de defenderse, de sostenerse, hace esfuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que combate con lo inevitable!
¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del horizonte.
Las ráfagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa demencia del mar. La locura de las olas es su suplicio: oye mil ruidos inauditos que parecen salir de más allá de la tierra; de un sitio desconocido y horrible.
Hay pájaros en las nubes lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se ve sepultado entre dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba; otro su mortaja.
Llega la noche, hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque, aquella cosa lejana donde hay hombres, ha desaparecido; se encuentra solo en el formidable abismo crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de sí los indefinibles monstruos del infinito; grita.
Ya no lo oyen los hombres. ¿Y dónde está Dios?
Llama. Llama sin cesar.
Nada en el horizonte; nada en el cielo.
Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable sólo obedece al infinito.
A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma; la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego, el movimiento indefinido de las temibles olas; dentro de sí el horror y la fatiga.
El frío sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan y se cierran y cogen, al cerrarse, la nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas, ¡todo le es inútil! ¿Qué hacer? El desesperado se abandona; el que está cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la suerte y rueda para siempre en las lúgubres profundidades del sepulcro.
¡Oh, destino implacable de las sociedades humanas que perdéis a los hombres y a las almas en vuestro camino! ¡Océano en que cae todo lo que deja caer la ley! ¡Siniestra desaparición de todo auxilio! ¡Muerte moral!
La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién lo resucitará?
-Victor Hugo
Los Miserables
viernes, 26 de abril de 2013
Naufragio en un mar de versos
…Que saque el aire de mis ojos
Que abrace al miedo con tus sueños
Que sea un guerrero de sangre
Para que nadie te haga daño…
-Caifanes
Me gustaría naufragar en un mar de versos
de palabras concretas, a tinta negra
dejar atrás la superficie de diccionario
las tautologías, las letras tontas.
Me gustaría rodearme de luces cálidas
de poemas tibios, de sentido
deshacerme del frío mundano del habla
ir tocando el corazón de lirios y corales
y que los ojos de los crustáceos
inunden el mar de lágrimas saladas
a la vista de mi alma simple, lacerada
llena de hoyos invisibles de desilusión mundana.
Quisiera tomarte, amante terrenal
Y elevarte en mi mar de calma
Tomar tu corazón sincero
Convertirlo en metáforas de luz
Y símbolos de paz infinita
Tomar las caricias de tu piel suave
Convertirlas en alusiones de pasión cristalina
Y en tus lágrimas marchitas
Encerrar el suspiro del más viejo de los hombres
Cuyos años se cuentan en tinta.
No habría realidad más perfecta
que habitar naufragando en ese mar de tinta
en que poesía se escribe
en el ocaso del alma
y cada día mis ojos se abren
ante un mar de negra calma.
No hubiera mejor lugar
En el que tus ojos claros
Tus brazos sinceros
Tu lengua suave
Me rodeara eternamente
En modo de verso libre
Y en que tus quimeras
Tus sueños rotos,
No fueran más que estrofas
A la deriva
Que pudiera desintegrar con versos
Que mi tinta y pulso
Indeciso, seguro, escriba.
No sería amante, sólo frágil
Podría hacer con mi tinta
Una fuerte armadura
Y con mi sangre valiente
Ganar las batallas perdidas
En un mundo en que mi tinta
No vale nada,
En que sólo sangro versos al alba.
jueves, 25 de abril de 2013
Carrera Contra Tiempo
"¡Farsa continua! Mi inocencia me provoca lágrimas.
La vida es una farsa que se desenvuelve con la ayuda de todos."
-A. Rimbaud
Me veo desvanecer
entre pantanos de asfalto
indeleble, sin diluir.
El golpe es más duro
con esa caída.
Quisiera creer en
la inexistencia del frío
que el dolor
no se adhiere a los huesos
que no corroe, helado
hasta el último rincón de carne.
Es tarde.
Quisiera creer que las menecillas
están corriendo al revés
que no es tarde
sino temprano.
¡Corre! Vas tarde.
Uno corre, un pie
delante de otro
y atrás, atrás
atrás.
Uno corre sin saber
a ciencia cierta
que el frío
es reino de tuétano
que el concreto es
grabado de retina,
el dolor corre
por las venas
se evapora de frío
por los ojos.
Tal vez, ahora lo sé
se acerca el suelo
y pienso que es tarde
centímetro a centímetro
inevitablemente,
siempre ha sido tarde.
jueves, 7 de marzo de 2013
El Jardín Salvaje
Escuchaba los gritos de Lestat, sentía su incertidumbre y el dulce deleite que nace de cada sensación exaltada que despojaba de su existencia, de su amor por la vida, de su conocimiento por la verdadera belleza como una fuerza inmersa en cada nota, en las dulces palabras de los actores en teatros perdidos, en el infinito de un pasado incierto, imaginario.Saqué la vista del papel, de su sangre de tinta.
La luz me cegó por un instante. Olía a piedra mojada y los cantos de la multitud llenaban mis oídos. Veía a la gente deambular por los pasillos, interesados en sus propios asuntos, vagamente conscientes de la magnificencia encerrada en cada brisa y en cada partícula de luz.
Vi muchos rostros conocidos. Rostros que no me vieron. Rostros hermosos e inteligentes.
Eran fantasmas a mis ojos, visiones que serían propias de un sueño.
(Entonces, se me ocurrió una idea: tal vez, yo era la aparición, un sueño invisible a a sus ojos, intocable, imperceptible. Era nadie. )
Me sentí flotar entre la gente, espuma en un mar profundo y extenso; entre otros rostros, unos desconocidos y curiosos. Ellos sí me veían y sabían que yo los veía. Sus ojos escrutaban los míos y pasaban a mi lado, dejando estelas de calor. Supe que ellos me percibían; sabían que estaba ahí.
Yo no era invisible. No era un fantasma ni una ilusión, ni un cuento. Yo era nadie entre todos los cuerpos. Era nadie, pero era alguien. Soy esa que mira en el jardín salvaje, añora la luz y ama la vida. Soy Louis.
Un Beso Solitario...
Planta tras planta; latido tras latido. El Sol sobre el cabello, que pareciera querer desafiar a la gravedad y demostrar al mundo que sus raíces no son sólo sólidas y fértiles, sino que se mueven. El viento sobre cada fibra de piel, desnudándome a la inmensidad de lo consustancial, confortando, susurrando silencios dulces, abrazando con los brazos suaves de quien se sabe necesitado. Viene elevando cada cabello, con la esperanza de recordarle su sueño de una realidad ingrávida. Trae consigo música de hojas, las voces de los árboles; le da a cada nube una identidad y voz propia otorgando aliento y conciencia de su naturaleza de viajeras perpetuas. Todas son una. Una son todas.
El viento cubre la ausencia en un trono de silencio, es mensajero de mis pensamientos. Insiste contra mi piel, intentando traspasarla y llegar a mi sustancia, llegar a mí. Mi piel, en respuesta, se enchina. Tal vez, sabe lo que yo me oculto. Tal vez, lleva mi secreto más profundo. El viento entra a bocanadas, envuelve cada plata, cada latido y, con un beso en mis labios, envuelve a un corazón solitario.
El viento cubre la ausencia en un trono de silencio, es mensajero de mis pensamientos. Insiste contra mi piel, intentando traspasarla y llegar a mi sustancia, llegar a mí. Mi piel, en respuesta, se enchina. Tal vez, sabe lo que yo me oculto. Tal vez, lleva mi secreto más profundo. El viento entra a bocanadas, envuelve cada plata, cada latido y, con un beso en mis labios, envuelve a un corazón solitario.
sábado, 16 de febrero de 2013
La Creación
La creación no era más que un simple convencionalismo, incoherente, deforme y lleno de significado. Miré lo que mis ojos habían creado, aquello que saliera de mi mente, de mis más puros recuerdos de una tarde entre las estrellas y todo cobró sentido: la belleza no es más que la sombra de su esencia, la esencia de un canto voraz, de una náusea, de un incendio de gas y pólvora que se prende al contacto del agua helada. El hombre ya no estaba realmente sujeto a un destino común, a un fondo y una forma determinada. Todos somos iguales sin embargo somos todos distintos. Los miembros, la carne, era un simple disfraz y al mismo tiempo se determinaba a sí misma: parecemos iguales como un vaso se parece a otro de la misma naturaleza, sin embargo, si se extenúa la observación, veremos las huellas del tiempo, de los infiernos y de las probadas de cielo. Todos vivimos cosas distintas y sin embargo todos estamos conectados de un modo u otro. Ya sea al posar la vista en lo mismo, ya sea por las grietas en la sonrisa o la sal que escurre de unos ojos sinceros, ya sea por el aire en los pulmones o la sangre en las venas. La sensibilidad de creer en el dolor de los otros nos acerca y sin embargo nos separa; nadie quiere creer que está conectado. Nadie quiere alegrarse por la alegría de otros. Nadie ve las seis caras de un cubo.
La tomé entre mis manos. Tan pobre, tan tierna. Su fragilidad me sorprendió y vislumbré a las emociones condensadas luchando en su interior. Un caos perfecto, un sueño sin despierto, un roce helado en la fiebre eterna de la vida finita. Temblaba en caricias de nitrógeno y argón, se estremecía al roce de la oreja, se acongojaba ante el brillo de unas pupilas profundas y negras como abismos. Se rompió en mil pedazos al contacto del espejo y agonizante luchó una y otra vez por reunirse, por contraerse en la expansión de sus partes decadentes: la vida y muerte de lo etéreo, lo consustancial. La miré hasta que mis ojos no pudieron ver y secos de ilusión cayeron en un blanco inmaculado y siniestro. Se había evaporado y entrando por los huecos en mis ojos, se adhirió a cada centímetro de pensamiento. Un blanco infinito. Agua salada y desolación eterna, incandescencia eterna.
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